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No es país para vagabundos

Cuando los ciudadanos perdemos la soberanía sobre los espacios públicos, las grandes esferas empiezan a imponernos una apariencia de bienestar social en lugar de trabajar por conseguirlo realmente. Ejemplos de este fenómeno se pueden encontrar a lo largo y ancho del mundo, probablemente el más reciente y escandaloso sea el caso de Brasil estos días con el Mundial de Fútbol, pero esta conquista del espejismo frente a la realidad social viene de lejos.

En los últimos meses hemos asistido al cambio de rumbo en la arquitectura de primera línea (por llamarla de alguna manera), los mismos que tras haber chupado de la teta de la especulación hasta dejarla seca y que  han sido cómplices del desarrollo urbano descontrolado ahora nos quieren vender una vuelta a la “sencillez”, a la austeridad o incluso al chabolismo. No se que es más preocupante, si este ejercicio de hipocresía desvergonzada o esas grandes muestras repletas de postureo y vendedores de humo. Cómo cambiaría la cosa si se hablara más de arquitectura y menos de arquitectos…

Lo curioso es como estamos consintiendo que en nuestras ciudades prevalezca la imagen frente a la realidad social. Seguramente muchos de vosotros se habrá fijado como en algunos lugares han ido apareciendo este tipo de cosas:

Dispositivos para disuadir a los sin techo, y ahora también sin suelo, que tendrán que aprender a levitar como sigamos así. A este paso habrá que pagar por el aire y el sol, aunque en España esto último es casi una realidad con el tema de las renovables. Pues bien, sigamos escuchando a los que hablan de austeridad desde posiciones privilegiadas, a los que legislan sobre los trabajadores sin haber trabajado en su vida y a los vendedores de panaceas, que nos va a ir estupendamente…

Nota: fotos de lugares de París y Londres. Sobre el banco de pago podéis encontrar más info aquí.

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8 pensamientos en “No es país para vagabundos

  1. Deberían prohibir estos elementos en el espacio público, aunque sólo piensen en las desgracias que pueden ocasionar. No me quiero imaginar a nadie tropezando y golpeándose encima de esos clavos.

  2. Al hilo de lo que comenta Anto, el otro día volviendo de un paseo por la zona de la calle de Alcalá que da al Retiro, veo a un niño a tres pasos por delante que en una bici pequeñita pierde el equilibri, y empieza a caerse de lado. Enfoco la vista, y me doy cuenta de que en el bordillo del edificio hacia el que se cae el chavalín, hay unos clavos “romos” para evitar que nadie se siente, supongo, ¿adivináis la trayectoria de la cabeza?
    Por suerte el chavalillo, de unos 4 años, por cierto, llevaba casco, por más suerte todavía, acabó recuperando el equilibrio, pero no antes de que a mí se me parara el corazón un latido mientras me imaginaba el posible desenlace.
    Seguí el paseo fijándome más en toda esa zona y hay clavos, barras y otros elementos disuasorios por doquier.
    ¿A nadie se le ha ocurrido pensar en las consecuencias de un tropezón, mareo o similar? Un golpe en la cabeza con una de esas cosas (de más de 10 cm en algunos casos) puede ser fatal.
    Desde mi punto de vista son un elemento que no debería permitir ninguna normativa de seguridad vial.

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